Catorce años son los años que lleva Xavi Hernández hilvanando juego por y para el Barcelona. Los inicios fueron duros por las comparaciones con un mito en Can Barça como Pep Guardiola. Una vez que se desprendió de la presión empezó a tocar y elaborar jugadas hasta el día de hoy con una eficacia digna de estudio.
Actualmente no hay nadie mejor construyendo fútbol en el planeta. Así lo dice Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol por cuarto año consecutivo. En el podio de la IFFHS este año le acompañan Messi y Andrés Iniesta, que ocuparon respectivamente la segunda y la tercera plaza.
Los premios individuales se han hecho de rogar, pero más vale tarde que nunca. Lástima que al Balón de Oro compita por tercera temporada con Leo Messi. Xavi está tranquilo, feliz de su mayor logro, que no es otro que cambiar la conciencia de los muchos que creían que las piernas eran la parte más rápida del cuerpo. Nada tan veloz como la mente de un compositor que ve las jugadas antes que sucedan.
Virtud catapultada al cine de la mano de Steven Spielberg en Minority Report, donde los Precogs asesoraban al departamento de policía porque veían los crímenes antes de ejecutarse. El seis del Barça, una de las apuestas a la Champions League, es un futbolista con capacidad precognitiva para situar el balón justo donde un compañero le hubiera demandado, sorteando los obstáculos en forma de rivales que se presentan en cada acción.
Durante el pasado Mundial de Sudáfrica a Luis Aragonés, ex seleccionador nacional, le preguntaron en su papel de comentarista para la televisión turca lo siguiente: ¿Cómo contrarrestar el juego de España? Muy sencillo se dijo para sí mismo el Sabio conocedor de los secretos de la Roja. ‘Si paras a Xavi paras a España’, respondió. Problema detectado. Lo que no explicó el bueno de Luis es cómo detener el torrente de recursos del Pelopo. Muchos entrenadores lo han intentado contra el Barça y la Selección, pero el resultado es siempre el mismo: un rotundo fracaso.
Pocos futbolistas pueden presumir de hacer su trabajo tantas veces tan bien como el de Tarrasa. Su modestia le impide sacar pecho ante esta circunstancia. El deber de contar su trayectoria corresponde a otros, los que escriben, como un humilde servidor, conscientes que pocas manchas podremos colocar en su currículo.



